Lugar de refugio al final del camino

Al menos 2 mil 500 años de vida están arrumbados en este centro de asistencia e integración social de Cuautepec. Muy cerca del Reclusorio Norte, transcurren los últimos días de 305 personas, cuyo pecado pareciera ser haber vivido de más

Y aquí, en lo que parece la última morada, pagan la osadía de su vejez. “Son gente abandonada por su familia y la sociedad que no les brinda oportunidades”, describe el doctor Castañeda Tapia responsable del asilo.

Y, efectivamente, a este lugar se llega cuando no existe otra posibilidad, cuando cae la enfermedad, el abandono total. Tal es el caso de Filogonio Bonilla, el de más reciente ingreso; la mayoría llega aquí de la calle.

Ya no pudo caminar. Se le hinchó un pie y “trabajar sentado sólo doctores o licenciados” dice, mientras se ayuda de una andadera para salir de la enfermería a un patio central rodeado de verde.

En su expediente se lee que tiene gonartósis. Posiblemente no vuelva jamás al comercio ambulante que ejerció por más de 60 años.

¿Sus hijos? Se le pregunta. “Ellos sólo quieren herencias, y yo no tengo”. Fin de la plática.

En el centro hay seis dormitorios. Dos están dedicados a los postrados: los que tienen necesidad de apoyo en casi todas sus actividades; para comer, para bañarse, para moverse.

Por lo general, ahí viven los ancianos que son levantados por las autoridades de la calle en condiciones críticas.

Y aquí, o recuperan lo perdido o comienzan la cuenta regresiva hacia el final.

“Yo llegué aquí porque desgraciadamente ya no pude pagar medicinas, ni médicos”, relata Alberto Coria, quien a sus 80 años está encargado del área de piñatas de lo que él llama “su casa con más de 300 familiares”.

Pero a pesar de su buen ánimo, cada año, e incluso día que pasa en este lugar, es uno de pérdidas... físicas y de familiares.

Reciben visitas tan sólo unos 20 adultos mayores, y máximo unas cinco veces al año. La mayoría tiene hijos; pero no los ven, no saben de ellos o huyeron de ellos.

“Yo agarré un taxi y me fui. Sientes que no sirves, que estás de estorbo y prácticamente quitándoles el taco para los chiquillos”, asegura Abel Sánchez, quien lleva en Cuautepec más de ocho años.

Por eso la enfermedad más común aquí, es la tristeza.

“Sienten mucha depresión, los vemos llorar y te cuenten que son sus familiares quienes los desprecian”, comenta Erica Guzmán López mientras estira las piernas, casi engarrotadas, de un hombre de 90 quien salió del reclusorio para terminar su sentencia en el centro.

El Instituto Nacional para los Adultos Mayores calcula que en total 200 mil ancianos sobreviven en centros de asistencia en todo el país.

Y por lo general, el camino previo al ingreso está precedido de marginación, discriminación y violencia.

Al día, el instituto recibe ocho denuncias por maltrato.

Mientras que en derechos humanos del DF abundan las denuncias por despojo y violencia intrafamiliar.

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Isaac Montiel

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